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Girona, Catalunya, Iberia
No soy escritor, pero escribo; no soy político, pero hago política; no soy idealista, pero quiero cambiar el mundo. ¿Quién soy entonces? Tan solo yo mismo

martes, 23 de septiembre de 2008

El despertar del agua




Una gota de agua cayó desde el techo, devolviendo su conciencia al mundo real.


Llevaba horas absorto en sus pensamientos. Si David no entretenía su mente con alguna cosa, probablemente se volvería loco. Se levantó del frío suelo donde estaba sentado, y empezó a deambular por la vacía estancia. Era fácil caminar en círculos, ya que no había ningún objeto que le obstaculizara el paso. Caminar siempre le había ayudado a pensar, desde pequeño recordaba haber recurrido a largos paseos para poder desbloquear su mente. Sus primeros paseos comenzaron cuando apenas contaba con 8 años, en el pueblo que le vio nacer.


Empezó a recordar aquellos paseos. Se había criado en una pequeña casa de campo, en una familia sencilla, y con un círculo de amigos pequeño. Por aquel entonces siempre que tenía ocasión salía a caminar por el bosquecillo cercano, respirando el aroma de las hojas de los árboles, gozando del olor a tierra mojada, escuchando los suaves sonidos que se entremezclaban en una red deliciosa que le cubría y protegía. Muchas veces sus pasos llegaban hasta algún palo, el cual era un precioso tesoro para cualquier niño. Esos palos podían tener muchísimos usos, pero el más habitual para David solía ser el de suplir a una espada imaginaria, que combatía contra enemigos ficticios que se escondían detrás de los árboles y se enfrentaban a él. El caballero de más brillante armadura, el más fiero de los piratas, o el más valeroso de los héroes griegos; cualquier personaje era bueno, y todos vivían increíbles aventuras. Esas aventuras llevaban a David hasta lugares muy lejanos, y el tiempo se hacía breve mientras caminaba y luchaba contra el aire. Sin embargo, el paseo llegaba a su fin cuando el camino desembocaba en el río. El sonido del agua y la visión de la infranqueable frontera le arrancaban de los brazos de princesas, y le hacían tocar de pies en el suelo. Era entonces cuando se daba cuenta que empezaba a hacer frío, que en breve iba a anochecer, y que en su casa lo estarían esperando. No tenía más remedio que volver, resignado, y escuchar una y otra vez las mismas palabras de siempre, las mismas obsesiones que colmaban a sus padres. Los mayores hablaban de cosas que él no entendía, pero que le marcaron por siempre.


Interrumpió su monótono caminar en círculos para mirar por la angosta ventana de la estancia. Apenas podía ver el paisaje que se dibujaba tras los muros que le rodeaban. Sabía que después de aquella pared estaba el valle; después del valle, estaba el camino del molino viejo; y más allá, empezaban las montañas, donde estaba la ermita a la que tantas veces había subido.


En su educación se le enseñó a amar a Dios, y a rezar todos los días. Había ido a misa todos los domingos, había pasado largas tardes al lado del capellán, y a menudo había sido monaguillo en los oficios. Le encantaba ayudar al cura, se sentía útil e importante leyendo pasajes de las sagradas escrituras ante las gentes del pueblo que asistían al compromiso semanal. Las fantasías que poblaban sus paseos y la creencia en un cielo plagado de ángeles que le esperaría al final de su vida endulzaban mucho su vida, que era una gran nube en la que se encontraba feliz.


Cómo iba a imaginar que un día las cosas cambiarían tanto. Intento visualizar el día en que su feliz infancia se terminó, pero fue incapaz de discriminar el momento preciso. Había sido un largo proceso. Su tiempo libre disminuía, sus paseos también. El capellán le parecía cada día más amistoso, quizá hasta llegar a puntos de excesiva confianza. Curiosamente nunca llegó a sospechar nada sobre aquel puro hombre de Dios, pero años más tarde entendió qué era lo que aquel clérigo pretendía y nunca consiguió con Daniel. El cruel destino quiso que sí lo consiguiera con el pequeño Guillermo.


Aquel día, Daniel hubiera preferido que el capellán hubiera quebrado su celibato con él, y no con su hijo. Guillermo había sido el fruto de su unión con Carmen, la mujer a la que más había amado, y no pudo soportar que alguien destruyera la inocencia de su pequeño. Y ahí lo vio, arrancado de la felicidad de la infancia, cayendo sus lágrimas sobre el agua de la pila bautismal.


Pero aquello fue sólo el principio. Su odio poco a poco fue creciendo. La vida le había castigado obligando a Carmen y a él a mudarse a la ciudad, a un mundo gris y sucio, en el cual los días se escurrían de forma monótona.


Su mundo de ensueño se había convertido en una pesadilla. Los agradables sonidos del bosque fueron sustituidos por el insufrible ruido de la fábrica donde trabajaba. Dicha fábrica fue su nuevo lugar de reflexión, pues su monótono trabajo hacía imposible que su mente no desconectara de la realidad para pensar sobre sí mismo y sobre su propia vida. Aun así, pensaba que mientras tuviera a su lado a Carmen podía sentirse afortunado. Entonces, el mundo le arrebató también a Carmen. ¿Cómo podía imaginar que las idas y venidas de Carmen al despacho de su jefe, del dueño de la fábrica que le daba empleo, tenían semejantes intenciones? Sólo así había podido conservar el empleo pese al gran número de personas necesitadas que había. El destino quiso que se percatara del hecho entrando en la oficina por casualidad, quedándose absorto en la imagen que se plasmó ante sus ojos. Sólo la caída de un vaso de agua le hizo despertar. El estruendo del vaso quebrándose contra el suelo, del agua recubriendo el suelo y rozando la suela de sus zapatos.


¿Quién lo podía culpar entonces de los crímenes que cometería después? Nadie podía entender lo que había pasado durante toda su vida. Nadie podía imaginarse hasta dónde había llegado su odio hacia el mundo, hacia todo lo que le rodeaba, hacia todo lo que veía y oía. Así pues, un día substituyó el palo con el que jugaba de niño por un fusil.


La guerra. ¡Qué divertida parecía en los libros de historia! Los soldaditos de plomo, con sus alegres uniformes y sus graciosos sombreros habían sido un juguete muy habitual en su niñez. En aquellos momentos él hubiera querido ser un soldadito de plomo de colorido uniforme, pero tuvo que conformarse de mayor con ser un soldado de carne y hueso, sin uniforme, y con una terrible misión por delante. La guerra se lo quitó todo. Perdió a Carmen. Perdió a Guillermo. Sólo se tenía a sí mismo, y no iba a tardar en perder eso también.


Un sonido metálico sonó a sus espaldas. Las puertas de su celda se abrieron, y dos hombres entraron.

- Es la hora. Acompáñanos.

Daniel sabía dónde iban. Mientras caminaba, en medio de aquellos dos hombres, empezó a pensar cómo había llegado hasta allí. La guerra había estallado hacía tres años. Había sido una guerra llena de ilusiones, pensó que el mundo al fin iba a cambiar. No paraba de oír que ganarían, que la revolución estaba cerca, y triunfaría. Abrió fuego contra mucha gente. El capellán que había abusado de su hijo cayó frente a un disparo de su fusil. El empresario que le había contratado y que ocasionalmente abusaba de su amada Carmen también había caído. Consideraba que todos ellos merecían morir, pero a fin de cuentas... ¿Quién era él para decidir quién debía vivir, y quién debía morir?


La opaca luz del amanecer molestó ligeramente sus ojos cuando salieron al patio. El pelotón de soldados estaba esperándole. Su conciencia estaba tranquila, y su corazón latía a velocidad normal.

No quiso que le vendaran los ojos. Los vencedores de la guerra habían decidido que él debía morir, igual que murieron el capellán y el empresario. ¿Lo merecía también David? Muy probablemente.


El cielo empezó a nublarse. Vio ante sí a los hombres que iban a segar su vida. Aunque en un primer momento quiso mirarles a los ojos en el momento crucial, al final decidió cerrarlos. Su mente, una vez más, voló lejos de donde él estaba. Su mente volvió a los bosques, a los paseos de su infancia. Volvió a las aventuras con un palo en la mano. Volvió a los sonidos suaves a través de los árboles. Volvió al olor de tierra mojada.



Y comenzó a llover.




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